El tiempo pasa, ni nos enteramos. Hoy, 16 de mayo, se cumplen siete años del fallecimiento de DIO, uno de los acontecimientos más tristes que el mundo del Rock ha vivido en la última década. El “pequeño gran cantante” merece que lo recordemos y, en lugar de escribir un nuevo artículo, retomo lo que firmé pocas horas después de su muerte y salió publicado en nuestra revista impresa –Los+Mejores Rock Mag.- en el número de junio de 2010, dentro de mi sección personal ‘El Diario de Jon’.


por Jon Marin


  • Normalmente, las últimas páginas que escribimos son esta y la de noticias (flashes). Cerrando, una nueva fatal nos ha aplastado y nos ha hecho parar media jornada para reflexionar y darle cobertura: Ronnie James Dio se nos ha ido, el cáncer de estómago ha podido con él y nos hemos quedado sin la gran figura del Metal. 67 años eran muchos para pasear el Heavy por los escenarios del mundo. Su mérito era hacerlo con excelencia, cada vez que lo veíamos en directo nos parecía increíble cómo su voz, su garra, su figura se mantenían tan bien. Pero 67 primaveras (la última se ha visto truncada) son muy pocas, en estos días, para decir adiós. Nos ha dejado relativamente joven.

Es la primera vez que se me encoge el estómago y los ojos se me humedecen con el fallecimiento de un músico. Dio era mi cantante favorito en líneas generales y creo que puedo afirmar que fue mi primer ídolo. Cuando era un crío y mis padres se negaban a comprarme una de esas “horribles” camisetas negras que asustaban al mirarlas, le pedí a mi hermana, que estaba haciendo ese tipo de labores manuales en el colegio, que me pintase su logo en una. Fue mi primera. Esa prenda, deshilachada, la conservé hasta hace muy poco. Descubrí a Rainbow cuando mi amigo “Esteban” (que no es la primera vez que aparece en este Diario) me dejó unos discos de su hermano mayor: ‘Ritchie Blackmore’s Rainbow’ y ‘Rising’. Por aquella época Dio había comenzado su carrera en solitario y ya fue todo un ‘no parar’ hasta hacerme con toda la discografía de Rainbow, Black Sabbath y, año tras año, correr a la tienda cada vez que el “pequeño gran cantante” editaba uno de sus elepés. Mientras, no cejaba en el empeño de encontrar las obras de Elf, tarea poco sencilla entonces.

En un examen de inglés saqué sobresaliente. Gracias a Dio. La tarea principal era escribir un breve cuento. Como me sabía de memoria todas sus letras, plagié la de la canción ‘Sacred heart’, le añadí algo de mi imaginación y… ¡exitazo! Gracias, Ronnie.

Pocas bandas de este mundo han dejado de lanzar un comunicado de pésame tras la triste noticia. No la voy a reproducir por falta de espacio, pero os recomiendo que entréis en la página web de Metallica y leáis la bonita y sentida carta que le dedica Lars Ulrich. ¡El puto niño pijo lo vio por primera vez con 11 años! Sí os voy a traducir parte de lo que Iron Maiden –la banda en general- ha comunicado:

Desde sus primeros años en Elf hasta los días más recientes con Heaven & Hell, Ronnie, una y otra vez, demostró su genialidad como “frontman” siempre dándolo todo para sus seguidores y su música. No era sólo un cantante increíblemente dotado, sino también una persona maravillosa, cálida, inteligente y generosa que brillaba sobre y fuera del escenario. Dejaba una huella positiva en todo el que entraba en contacto con él. Era un viejo amigo de Maiden y lo vamos a extrañar muchísimo. El mundo ha perdido un talento insustituible y, ante todo, a un ser humano de los mejores, uno de esos que siempre desearías conocer.

Hace unos años mi sueño se hizo realidad y confirmo todo lo que los miembros de Maiden, con más conocimiento de causa, dicen. Tuve la oportunidad de entrevistarlo cara a cara (no en rueda de prensa), personalmente, sin nadie que nos molestase, un poco antes de una de sus actuaciones en la madrileña sala Macumba. Ya se lo había contado a todos mis amigos: Es el músico más educado, inteligente y cálido que he entrevistado en toda mi vida. ¡Qué suerte!, porque la imagen de mi ídolo no se había desmoronado. ¡Si os contase cómo se me han derrumbado figuras como los músicos de Poison (excepto el batería Rikki Rocket), Tommy Lee, Vince Neil, Blackie Lawless, casi todos los de Skid Row, etcétera! Volviendo al encuentro con mi adorado Dio, es indescriptible la manera sutil, elegante y pausada con la que me hablaba, siempre mirándome a los ojos, y me encantó que pasáramos de charlar de los detalles musicales a cosas como que había aprovechado la mañana en Madrid para dar una vuelta por el Palacio Real, la Catedral de La Almudena, la Plaza Mayor… mientras degustaba unas tapas. “¡Qué gilipollas son, no los entiendo, los americanos que vienen a Europa y no salen del McDonald’s!”, alzó la voz y nos reímos. (¡Uf!, estoy temblando de emoción, se me están poniendo los vellos de punta… Me voy a encender un cigarrillo y continúo en un momento). También me es complicado explicar cómo se me llenó de orgullo el cuerpo, lo importante que me sentí, cuando en mitad de la conversación con Ronnie entró Wendy (su esposa y mánager, siempre a su lado) y le metió prisa para acabar. Quedaban dos horas para que su concierto en Macumba comenzase y estábamos en un hotel de la Plaza de Santo Domingo (en el centro de la capital). Dio, con educación, le dijo que ahora iba, que se esperase, que aún no habíamos terminado.

Queridísimo Ronnie, descansa en paz, nunca dejaré de escuchar tus fantásticas (en ambos sentidos) letras que, de adolescente, me sumergían en esos mundos de fantasía oscura, si hablabas de sábados negros, o coloridos si era el momento de deslizarse por el arco iris. Todos, mis amigos, mis lectores y yo, la próxima vez que levantemos los cuernos en un concierto te tendremos presente, te sentiremos dentro.

Una última cosa: Si una tarde de éstas te aburres, intenta encontrarte con mi padre, que él te cuente unos chistes –tienes el descojone asegurado- y tú hazle entender por fin, sabes cómo, por qué me metí en este maravilloso mundo del Rock.