La segunda jornada del festival barcelonés fue para muchos asistentes su primer contacto con un intenso fin de semana de reencuentro con la escena internacional del Rock Duro y el Heavy Metal. Dos años de ausencia de macroeventos como éste han sido una dura prueba de resistencia para el público que más disfruta de la música en directo. Celebremos la ausencia de mascarillas, pero atentos todavía al virus, no vaya a ser que nos vuelva a hurtar este tipo de ocio que tanto echábamos de menos.

Los barceloneses BlackØwl tuvieron la oportunidad de su vida al repetir presencia en el Stage Fest que ya conocían por la apertura del día anterior. La caída de los inicialmente previstos Diamond Head les vino de perlas para volver a darlo todo y que los poseedores del abono del festival les vieran en una nueva sesión de sobremesa -en este caso algo más tardía-. Otras bajas de última hora fueron las de Insomnium y Saxon.

La primera banda que abrió el espectáculo global lo hizo esta vez desde el Stage Rock. Se trató de los británicos Reef, cuya temprana participación nos lleva a reflexionar sobre la patente ausencia de grupos españoles en el cartel del acontecimiento. Sabemos de una docena de nombres que perfectamente habrían podido actuar en lugar de este tipo de formaciones tan poco conocidas por nuestros lares. Una vez más, las promotoras nacionales parecen empeñadas en imponer un «techo de cristal» al crecimiento de nuestra doliente escena, facilitando en cambio las cosas a otras propuestas extranjeras que con seguridad tienen ya su cuota de mercado en sus propios países.

La cosa cambia mucho cuando llega la hora de divertirse y respirar un poco de sentido del humor. Kontrust es una de esas eclécticas propuestas que tratan de dar algo de aire fresco al con frecuencia monolítico panorama de la música dura. Los austriacos no dudan en salir vestidos con las ropas tradicionales de su nación y a partir de su imagen iconoclasta construyen una mezcolanza de estilos que para sí hubieran querido tener Mano Negra en sus mejores días en los terrenos del mestizaje. Una voz femenina y otra masculina dan el contrapunto a una rica base rítmica y percusiva, también por partida doble.

En esta misma línea de alegría y desenfado encontramos a Alestorm, el grupo Heavy preferido por Epi y Blas si nos atenemos al protagonismo del patito de baño en la mitad misma del escenario. Los ‘Kings of Pirate Metal’ venían a presentar el disco de título más divertido de la última temporada: ‘Seventh Rum of a Seventh Rum’. Su ocasional parodia de los huidizos Manowar opera desde las campas del Folk-Metal, un bebedizo musical que resulta 100% efectivo a la hora de poner a bailar a quienes no suelen hacerlo en las ceremonias más ortodoxamente «metaleras».

Calificar de «emergentes» a Crisix quizás no sea lo más indicado, porque llevan años metidos de lleno en la pelea por subir a la primera división. Sus shows son garantía de entretenimiento y sana provocación, con una interacción continua con la audiencia que rompe «la cuarta pared» de la tradicional relación de público y artista. Aparte de sus ganchos escénicos ya conocidos, los de Igualada sueltan sus temas a diestro y siniestro, repartiendo porciones de una deliciosa pizza musical de Thrash de la vieja escuela.

Salimos de los escenarios al aire libre para echar un vistazo a lo que sucedió en el Rock Tent. La banda belga Evil Invaders hizo las delicias de los heavies que más valoran los sonidos puros del género, al igual que una imagen «de vieja escuela» y esa actitud siempre rabiosa y agresiva con la que echar fuera los demonios propios y ajenos. Tocan rápido y cumplen todos y cada uno de los preceptos del Metal clásico, aunque extremando sus formas para en la medida de lo posible evitar sonar a lo ya conocido. Dame una guitarra de flecha y cambiaré el mundo…

Los londinenses Orange Goblin llenaron de densidad sonora una carpa que sudó fino con su Stoner Rock y Doom Metal. Aportaron una nota distintiva y quizás técnicamente más musical que la media de bandas que pisaron esa misma tarina. Sin miedo a equivocarnos, diríamos que nos encontramos ante una apuesta de la organización por admitir en Rock Fest a ese tipo de propuestas que para nada desentonarían en un Azkena Rock. De los años 70 venimos y a los años 70 hay que mirar para no perder las raíces de todo lo que luego llegó.

Poco Metal Extremo se escuchó en el Rock Fest, pero al menos el «baño de sangre» sí se lo dieron Bloodbath. Los suecos se alinean con un tipo de Death Metal bastante accesible para quienes no están acostumbrados a la guturalidad y la hostilidad del fondo y la forma. Pueden sonar razonablemente melódicos para sus postulados, pero sin perder esa tensión tan propia de las ambientaciones violentas y de pesadilla. Lo que nació como un «supergrupo» sigue hoy vigente gracias a una compacta discografía de seis álbumes completos y tres EPS, a los que hay que añadir otras grabaciones sueltas.