El Circo de los Muchachos fue un experimento de autogestión juvenil y laboral que se desarrolló durante el franquismo bajo la coordinación de un religioso, el Padre Jesús Silva. “La ciudad donde gobiernan los niños”, se decía entonces, resulta hoy un fenómeno complejo de analizar, dado que partía de una fórmula estadounidense de acogida de niños en peligro de exclusión social, la Boys Town, cuya reformulación en España fue un milagro en plena dictadura.
La idea se adoptó a nuestro país mediante una fórmula que oscilaba entre la comuna más moderada y organizada y la orden religiosa al uso, al estilo de los seminarios. Se trataba de dar una oportunidad a los jóvenes mediante su formación en el arte del circo en un emplazamiento de residencia fija. La comunidad se alojó en Bemposta, en la parroquia de Seixalbo, junto a Orense. Allí los chavales llegaron a tener su propia moneda, leyes y normas de consensuado cumplimiento e incluso una figura similar a la de un alcalde. La formación religiosa existía, pero no era la prioridad.
El éxito de sus giras circenses -primero nacionales y más tarde internacionales- les granjeó una gran popularidad y reconocimiento a su causa solidaria. La alternativa de la música fue una consecuencia natural de su planteamiento creativo. Hasta cierto punto el fenómeno artístico se asemeja al de Viva la Gente, otra iniciativa de apostolado a pie de calle y con hechos concretos, que recorrió el mundo entero con sus recitales de canciones que apelaban a la concordia entre los países y comunidades religiosas.
Discográficamente el colectivo ya había debutado en Francia en 1971 con un disco editado por el sello Poplandia, en el que se mezclaban himnos religiosos propios del espíritu post-Concilio Vaticano II con composiciones de inspiración hippie e incluso una versión en castellano de ‘With a little help from muy friends’, de The Beatles. Aquel álbum fue editado ese mismo año en Francia por Disques Vogue, que lanzó además un single con dos canciones del mismo: “Viva el Circo” y ‘Ou la la la la’.
Artísticamente se presentaban como Los Muchachos, aunque cinco años después optaron por presentarse como Los Muchachos (Revolution Circus). En plena transición de 1977, el sello Belter recuperaba la fórmula para publicar un teórico disco en directo, registrado nada menos que en el Madison Square Garden de la ciudad de Nueva York -recientemente se ha descubierto que fue grabado en Barcelona…, que ya nos extrañaba-. Para más inri, la portada lucía un sello que afirmaba que la grabación había sido… ¡¡“Número 1 en Japón”!! Imposible dar más por menos.
Lo noticiable del caso era la selección de temas escogidos para esta demostración de talento interpretativo, entre las que destacaban varias poderosas versiones: ‘Johnny B. Good’ (Chuck Berry), ‘Soldier of fortune’ y ‘I’m a blind man’ (Deep Purple), ‘Living loving mad’ (Led Zeppelin), ‘Some kind of wonder’ (Grand Funk) y un desconocido ‘Might pristegia’, supuestamente de Uriah Heep. ¿Y quién estaba entre sus ejecutantes? Pues nada menos que Hermes, el “guitarrista negro” de Los Suaves, quien en los conciertos y funciones tocaba también adaptaciones de The Animals junto a sus compañeros.
El documental “Hermes. La guitarra de Los Suaves”, del realizador Héctor de Córdoba, ha sido el que ha descubierto esta maravillosa historia oculta de nuestro Rock. En el audiovisual se relata la historia del carismático componente de la banda orensana, quien comenzó su trayectoria musical poco después de llegar a La Ciudad de los Muchachos en 1969 procedente de Guinea Ecuatorial. Su pericia con las seis cuerdas ya era tan notable que pronto despuntó como instrumentista en formaciones pre-Suaves como Amanecer o Espiga. Hermes ya estaba en el camino de la eternidad, que pronto alcanzaría con solos tan excepcionales como el del histórico “Dolores se llamaba Lola”.
Leo Cebrián Sanz
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